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Inflamación

Todos tenemos la experiencia que tras un golpe
la zona se hincha, enrojece, duele y está más caliente.
Desde antiguo a esta reacción del cuerpo frente
a la agresión se le ha llamado inflamación (con
ligerísimas variantes esto es así en las diferentes
lenguas y culturas).
En muchos casos, la inflamación se ha visto
como algo negativo e indeseable. Es muy probable
que esto se deba a que su aparición se asocia siempre a agresiones de diverso tipo (con el daño consiguiente) y se acompaña de limitaciones funcionales de las zonas afectadas. Sin embargo, la realidad
no podría ser más distinta. La inflamación es una
respuesta defensiva del organismo que no solo se
encarga de neutralizar los agentes agresores, sino
que es la base de toda acción reparadora.

Podríamos definir la inflamación como la respuesta defensiva del organismo frente a una agresión focal. El agente agresor puede ser algo inerte
que aporta una energía excesiva para la capacidad
de resistencia del organismo, originándose un daño
que denominamos traumatismo. También puede ser
un microorganismo que penetra en nuestro cuerpo,
lo que denominamos infección, o una alteración
del sistema de defensa que agrede a ciertos
elementos de nuestro organismo (enfermedades
autoinmunes). En todas estas situaciones, nuestra
única posibilidad de defensa es la puesta en marcha
de una reacción o respuesta inflamatoria.

Descripción del proceso
Cuando establecemos la defensa frente a una
agresión, siempre adoptamos las mismas medidas:
establecer unas rutas hasta el foco del problema,
transportar hacia allí los cuerpos defensivos (bomberos, policía, expertos, etc.), abrirles paso, neutralizar al agresor … y, sólo después, iniciar la reparación de los daños causados.

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